Piedra libre

cerrado

Todo parecía acomodado. No resuelto, ni justo, ni auspicioso. Solo acomodado.

Teníamos personal en relación de dependencia, sea del Estado o del sector privado. Lo que llamábamos empleo formal.

En el otro extremo, reconocíamos que algunos millones, especialmente mujeres, no trabajan y cuidan de sus hijos, requiriendo un apoyo público, la Asignación Universal por Hijo (AUH).

También sumamos la figura del excluido. Aquel o aquella compatriota que no está siquiera buscando regularmente trabajo dependiente, porque el sistema no le ofrece caminos válidos. Son aquellos representados por organizaciones sociales de base, que han debido luchar para que cartoneros, trapitos, vendedores ambulantes, reciban un salario social complementario de sus magros ingresos.

Además de esas categorías, estaban los otros. Los desocupados, los trabajadores en negro en el sistema “formal”, los autónomos y los monotributistas que buscan su ingreso de manera individual e independiente, sin ningún ámbito público que los haya registrado, caracterizado, clasificado o siquiera estudiado como categoría económica. Las organizaciones sociales que se agrupan en la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP) han sostenido la necesidad de identificarlos, afirmando que son miembros de la economía popular, lo cual es una iniciativa loable, aunque de discutible valor, ya que buena parte de los “otros” no se reconocen como miembros potenciales de la UTEP, sino como trabajadores con aspiración de formales.

Hasta que llegó el coronavirus y la necesidad de una cuarentena tan aguda que obliga a suspender una enorme variedad de actividades productivas y de servicios, para priorizar la salud pública. El gobierno pone en evidencia su vocación de dar una mano a los más afectados. Eso es rotundo. También es categórico que debe moverse en una neblina intensa. Para asignar la Tarjeta Alimentar, que busca atenuar masivamente el hambre de los más necesitados, debió apelar a establecer que este universo es el de las receptoras de AUH. Fue el recurso a la mano para ser expeditivos.

Cuando creó la figura del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) para compensar a quienes redujeron o perdieron sus ingresos en esta situación, repite la idea que el universo de AUH está comprendido. Pero entendió que quienes vieron evaporado su sustento son muchos más y no quedaba otro camino que iniciar un registro de solicitudes.

Se abrió así la caja de Pandora.

Más de 10 millones de pedidos, frente a una expectativa que suponía entre 1 y 4 millones según la fuente, da una medida pavorosa de nuestra zona de incertidumbre, aún cuando al cruzar los formularios se produzca una reducción apreciable.

Se trata de los desocupados que no cobran seguro de desempleo, los monotributistas A y B (menos de 33.000 $/mes), los trabajadores en negro. Agrupando esos subgrupos, según parecen informar los pedidos, se llega al 40% de la población económicamente activa (PEA), cantidad que vale la pena comparar, por ejemplo, con quienes cobran el salario social complementario, que son apenas el 3% de la PEA.

Sin tremendismo, anotemos que a esos compatriotas, debemos agregar los monotributistas de categorías superiores que también cayeron abruptamente a ingreso cero, los empleados “formales” de miles de empresas paradas, junto con los empresarios de los cuales dependen. Se supone, con cierta imprecisión, que tienen más espalda que los anteriores. Solo eso.

¿Y ahora?

Sin ninguna duda, la ansiedad combinada con angustia, de gobierno y población, es superar esta instancia y ponerse de pie, aunque muchos estén dañados, para volver a caminar.

El punto es que las empresas grandes o chicas, junto con sus trabajadores dependientes, saben que vendrán tensiones de tira y afloje, en escenarios que conocen. Lo mismo saben los compañeros encuadrados en la asistencia social. Hasta los desocupados o los trabajadores en negro, volverán a su pelea ya transitada. Para cada uno de estos espacios, el gobierno puede tener – de hecho las tiene – iniciativas que vayan mejorando la condición de los más débiles en cada confrontación.

No es la misma la situación de los trabajadores independientes. Su situación se demostró frágil en la pandemia, pero es doblemente frágil al no contar con diagnósticos, ni menos posibles soluciones, a sus problemas.

Hay una razón central para esa diferencia: el grueso, la inmensa mayoría de ellos, trabajan brindando servicios personales o a la comunidad, que no se encuadran en el mundo de los negocios. A una pedicura, un peluquero, un taller mecánico, un plomero, una nutricionista, un actor de teatro y decenas de oficios similares, no les cabe como respuesta una reducción de aportes sociales, un crédito barato o una reducción impositiva. La única solución es poder trabajar.

En la expansión general, se defienden. En la onda descendente del ciclo, sufren más que los demás, porque ningún ámbito público los compensa. Cuando se para la economía, es el agujero sin fin.

El mejor aporte de un gobierno popular a este colectivo laboral que esta crisis permite visibilizar es que un minuto después de recuperar la marcha, nos apliquemos a construir la red de contención de tanta gente imprescindible, sin la que el tejido social no puede funcionar y viceversa.

Los empleados en relación de dependencia tienen doble cobijo: su ámbito empleador y su sindicato. Los compañeros integrados a la asistencia social forjaron la UTEP y construyeron un vínculo activo con cualquier gobierno.

Los trabajadores independientes deben ser convocados a sumarse a Mutuales de Servicios Personales y Comunitarios, que tengan vigencia en cada pueblo, apuntaladas por un sistema público, que agrupen todas las actividades individuales asociadas:

– al cuidado y ayuda a personas de cualquier edad;

– al mantenimiento del patrimonio personal, sean viviendas o vehículos;

– a la promoción e implementación de actividades culturales, recreativas o cualquier forma de construcción de tejido social;

– a la logística urbana e interurbana de bienes de uso cotidiano;

– al desarrollo e implementación de soluciones informáticas a cuestiones de la vida cotidiana.

La ayuda mutua en cada ámbito puede dar lugar, a medida que crezca la conciencia colectiva y la dimensión de la comunidad, a promover o fortalecer cooperativas de servicios específicos, realimentando la fortaleza del paraguas protector.

La idea es simple. Sin detenernos en tecnicismos que pueden ser adaptados hasta el infinito, es el momento de dar entidad, mucha entidad, a quienes trabajan y viven con una lógica diferente de la del capitalismo hegemónico. Su lugar es brindar conocimiento y asistencia. No es extraer valor creado por otro, ni vivir de renta de una propiedad.

No solo tienen derecho a ser reconocidos de otra manera, sino que son un aliciente creativo para imaginar cómo sacarnos de encima tanto explotador con el signo pesos en la frente, cuya única meta en la vida es hacer dinero con dinero, o sea jodiendo a los demás.

Por Enrique Martínez

Instituto para la Producción Popular


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