Los derechos en fila

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La democracia, nos dicen, es el gobierno del pueblo.

Sin embargo, desde los comienzos de los tiempos democráticos, se nos ha dejado en claro, que “el pueblo no delibera ni gobierna, si no a través de sus representantes”.

Es más; cuando un gobierno construye puentes directos entre el pueblo y quien o quienes ejercen el poder político, se lo tilda de populista y ese término tiene connotaciones negativas para cualquier círculo de poder económico, sea nacional o internacional.

Las así llamadas democracias representativas han reemplazado la participación popular en el gobierno por derechos de los ciudadanos.

Hay derechos de varios tipos. Básicamente, para no abundar, hay derechos cívicos y derechos económicos.

Los primeros se han ido acumulando a través del tiempo. El sufragio universal masculino; el voto femenino; los cupos femeninos en las listas electorales; la identidad de género; el aborto libre, seguro y gratuito; son reivindicaciones de fracciones muy relevantes de la sociedad, que se han ido instalando y naturalizando progresivamente. Todos esos derechos, que llamamos cívicos, tienen un componente común: pueden tener consecuencias económicas, pero no es su atributo central; ni esa consecuencia es directa.

Los derechos económicos, en cambio, son de efectos concretos, ya sea en la condición de consumidores o de productores. Esto es así incluso para aquellas que llamamos necesidades básicas, como la alimentación, la vestimenta, la vivienda. Teniendo en cuenta que el capitalismo ha vinculado en el imaginario colectivo la atención de esas necesidades con la disponibilidad de dinero para comprar los bienes y servicios, la relación es directa. Tienes dinero, ejerces tu derecho. De lo contrario, tienes el derecho pero no hay modo que lo ejerzas, a menos que un sistema público distribuya alimentos o vestimenta o casas gratuitas o fuertemente subsidiadas a quien no pueda comprarlas.

Revisando cualquier texto constitucional, se pueden enumerar varios otros derechos económicos; a trabajar; a tener una remuneración digna; a comerciar; a asociarse. Incluso el derecho a acceder a factores de producción elementales, como la tierra o la financiación.

A diferencia de los derechos cívicos, en el plano económico no hay una evolución sistemática hacia su ejercicio, y tampoco hay caminos definidos para llegar a ello. Quienes se sienten perjudicados reclaman, pero habitualmente lo hacen de manera parcializada y sectorizada. Los campesinos buscan legitimar la propiedad de la tierra que ocupan; las pymes piden financiación accesible; quienes no pueden comer, en un extremo, piden comida o recursos para comprarla.

Se perciben injusticias de todo color y por doquier y cada uno busca liberarse de la mochila que le toca.

El efecto sistemático es la dispersión de los esfuerzos detrás de corregir situaciones que están a la vista y son tangibles, pero cuyo vínculo con otras causas, en una cadena de causalidades, queda oculto o tiende a confundirse, dando lugar a explicaciones contradictorias o con mucha frecuencia, ninguna explicación.

Por ejemplo, es inimaginable una situación estable a través del tiempo en una sociedad que distribuya alimentos a millones que no tienen recursos para comprarlos. Lo sensato es que se genere trabajo bien retribuido para esos millones, que de tal modo tengan acceso como consumidores plenos.

Cuando la crisis se instala es obvio que hay dos urgencias de diferente nivel, donde comer es lo primero, pero justamente una crisis de esas características es fruto de no tener capacidad para una mirada larga que priorice el trabajo como problema principal. En consecuencia, es obligatorio actuar en los dos planos: el alimento y el trabajo, aunque las respuestas sean de distinta velocidad.

La tierra campesina o la sustentabilidad pyme o cualquier otro reclamo sectorial se puede demostrar con absoluta inmediatez que tiene una dependencia directa con el derecho a trabajar y la posibilidad concreta de ejercer ese derecho.  La instalación de este tema en el centro de la escena social lleva inmediatamente a que algunas cuestiones son condición necesaria para su solución (la tierra campesina) y muchos otros se resuelven como consecuencia de considerar al trabajo como central (la sustentabilidad pyme).

¿Por qué es importante establecer un árbol de derechos, donde el ejercicio de alguno lleve de manera directa al ejercicio de otros, implicando así que hay temas a los que debe darse atención preponderante?

No solo por razones de eficiencia en la gestión, sino fundamentalmente porque ni por un momento debemos olvidar que la superación del capitalismo concentrado es a la vez un problema de poder y de ideología. El capitalismo es hegemónico porque existen capitalistas cada vez más poderosos y también porque se logra instalar en nuestras conductas actos reflejos que naturalizan el actual estado de cosas y en definitiva lo asumen como el único posible. Convertir a una conducta en un hecho natural requiere llegar a simplificar al máximo la relación entre ese hecho y valores humanos que se consideren fundamentales y no negociables, como la libertad, construyendo con ellos, en el imaginario popular, los vínculos que más convengan a la continuidad de los escenarios deseados.

El capitalismo lo logró, si bien pagando el precio de apelar a la manipulación masiva, a la mentira, al ocultamiento sistemático de las diferencias crecientes entre ricos y pobres. Una sociedad nueva, que tenga como eje auténtico el derecho al trabajo libre, para la atención de necesidades comunitarias, sin apropiación del valor generado por otros, también debe ir construyendo esas verdades elementales, aceptadas por el conjunto.

Es condición, a la vez, dejar a un lado los escenarios falsos o gatopardistas. Solo persistir en la construcción de relaciones nuevas entre los seres humanos.  Aún con la adversidad de tener que confrontar con el poder y con la ideología del capitalismo concentrado, construyendo en paralelo y por encima de él.

La democracia económica, en consecuencia, que debe asegurar el derecho a trabajar, disponiendo de la tierra y tecnología que sea necesaria, la financiación y el acceso al consumidor de los bienes que se desee suministrar, es el cuerpo institucional por el que se debe pujar, palmo a palmo, partiendo de la realidad actual, en que ninguno de esos derechos que conforman el núcleo básico está más que enunciado, ni si quiera reglamentado en textos que hoy no se apliquen.

En las antípodas del capitalismo que sacraliza la libertad, solo que se trata de la libertad de oprimir al otro, la democracia económica, tendrá una etapa infantil, en que debemos desenmascarar a un sistema que proclama el paquete arriba anotado, pero lo bloquea de infinitas maneras, negando financiación, acceso a los consumidores, a la tierra o a la tecnología. Después de la denuncia, inmediatamente después, viene la construcción, con la visibilización de los caminos posibles. En esta tarea, los que en Argentina se apliquen a este proyecto, no estarán solos. En todo el mundo desarrollado ya hay núcleos que desde la idea o de la práctica que luego se hace teoría, se mueven en igual dirección.

Ocupémonos

 

Enrique M. Martínez

Instituto para la Producción Popular

17.9.19

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