La productividad es cosa buena

Basta ya

La productividad es un parámetro económico muy poco mencionado en los escenarios de discusión actuales, invadidos por los análisis financieros hasta el cansancio.

Además, a los sectores populares el término les produce urticaria, porque aparece en los debates distributivos con los dueños del capital, que reclaman aumento de productividad de sus dependientes, pero rara vez – casi nunca – consideran con mínima equidad lo obvio: si el valor agregado por persona aumenta en términos reales, debería distribuirse de modo tal que los trabajadores que generaron ese aumento se beneficien en alguna proporción.

Sin embargo, ese no es el espacio por donde empezar a hablar del tema. Hay un hecho concreto, objetivo, para grabarse a fuego: La productividad media del sistema de producción de bienes y servicios de una sociedad se relaciona en forma directa con la posibilidad de contar con mejor calidad de vida general.

A mayor productividad media, mayor cantidad de bienes y servicios disponibles.

Ahora bien: esa es condición necesaria pero no suficiente para que todos vivamos mejor, porque detrás del valor medio puede haber grandes – enormes -diferencias de distribución de los frutos, que escondan correlativas injusticias.

Por dos razones:

1 -Porque la producción se concentre en pocas actividades, que ocupen pocos trabajadores y gran parte de la población restante esté desocupada o aplicada a tareas marginales de muy baja eficiencia.

2 – Porque la distribución de ingresos entre el capital y el trabajo esté sesgada hacia los capitalistas, por efecto de la hegemonía que otorgan los diferentes escenarios posibles de concentración de poder económico. Sea esto por una alta desocupación, por la presencia general de monopolios u oligopolios, por la presión de filiales de empresas extranjeras para disponer de salarios bajos, entre varias otras razones.

La historia de las últimas décadas nos ha mostrado una estructura de producción de bienes y servicios organizada por los capitalistas, en función de obtener la mayor tasa de ganancia, con nula atención de esos actores para las inequidades posibles en la distribución de los aumentos de productividad. En todo caso: nos ha mostrado su vocación de apropiarse de la totalidad del valor agregado que es consecuencia de tales aumentos. Hasta en el período 2003/15, a pesar de la predisposición gubernamental hacia los más humildes, el sector empresario se apropió íntegramente del aumento promedio del 10% de la productividad que se concretó en ese lapso.

Esta mochila de plomo nos aleja de la posibilidad de pensar la mayor productividad como una meta social. A pesar de esto, hay que hacerlo, porque esa limitación condiciona nuestro bienestar.

En todo caso, hay que hacerlo en un contexto que asegure que tenemos presente todo el tiempo el riesgo de conseguir una parte del objetivo – aumento de productividad – sin poder alcanzar la segunda parte – mejora de la calidad de vida general -, fracaso que no solo desalentaría, sino que deterioraría el tejido social y especialmente, la confianza en un futuro más vivible.

El camino más prudente para no equivocarse es articular con más rigidez las dos metas: buscar aumentar la productividad de una manera tal que sea inexorable que eso se traslade a una mejora de la vida comunitaria. ¿Cómo sería eso?  Usemos algunos ejemplos para construir el concepto en conjunto.

Primer caso: el reciclado de residuos urbanos

La situación actual comienza en el casi nulo compromiso de los generadores domésticos, que en buena medida consideran no ser parte del problema;

integra en el eslabón siguiente a decenas de miles de cartoneros que realizan una tarea que laboralmente los degrada, aunque se haya naturalizado;

sigue con un pequeño conjunto de empresas procesadoras, que en gran medida reproducen los materiales originales y montan un negocio basado en precios ridículos pagados por su materia prima;

culmina con un grupo aún más reducido de empresas que agregan valor a los materiales recuperados, esencialmente alrededor de la industria de la construcción, también apoyados por el bajo precio de sus materias primas.

En ese contexto el reciclado actual de materiales no supera el 20% de lo posible, siendo el destino del resto los rellenos sanitarios o los basurales a cielo abierto.

El mundo tiene situaciones diversas en este tema, pero en el extremo hay escenarios virtuosos como el sueco y otros, que superan el 90% del reciclado, con tres destinos: biocombustible; generación de energía eléctrica; materiales originales o valor agregado sobre ellos.

Ir de nuestro escenario al sueco, por caracterizar un espacio deseable, implica todo un enorme tránsito, en el cual cualquiera puede imaginar una importante generación de trabajo y de bienes industriales.

Sin embargo, hay varios senderos posibles. Al menos senderos, que varios de ellos surgen de la subjetividad de los actuales actores de estas cadenas de valor.

Los grandes productores de materiales de empaque, que forman parte importante del problema, tienen carpetas llenas de diseños industriales para agregar valor a lo recuperado, una vez clasificado en grupos homogéneos. Sostienen que el avance por allí está bloqueado por la falta de suficiente material recuperado. En esencia, no les disgustaría ni la existencia de muchas más plantas a lo chino, donde ingresa todo el residuo sin ningún trabajo previo y se clasifica allí, ni la multiplicación de los cartoneros en la calle, en tanto se disponga de más material a reciclar.

Los recicladores se quejan de su baja posibilidad de crecer por falta de materia prima. Tampoco les produce urticaria que los cartoneros aumenten hasta ser multitud.

Los cartoneros, a su vez, como el eslabón más débil, reconocen la baja capacidad individual de cada recorredor para aumentar su acopio; admiten que con los precios actuales pagados a su cartón o su plástico embalado en fardos necesitan un importante subsidio del sector público, para llevar a una canasta básica; sostienen como reivindicación básica que la industria transformadora les pague más por sus materias primas.

Ninguno de los tres eslabones y obviamente tampoco el Estado, que participa del proceso subsidiando a los cartoneros, cuestiona la estructura completa del sistema. Sin embargo, resulta claro que tal como hoy opera, se perjudican todos.

La comunidad en su conjunto, porque el ambiente sufre importantes deterioros y varias decenas de miles de personas que podrían tener trabajo en distintos segmentos de la cadena, no lo tienen.

Los industriales porque se limitan las posibilidades de crecimiento de su emprendimiento.

Los cartoneros, porque un esfuerzo inhumano, de tan baja productividad, no alcanza para que accedan a un ingreso digno.

No sería sensato el hipotético escenario de garantizar sine die un subsidio estatal a cada recuperador, aumentando sin límite los carros manuales en el escenario urbano. No lo sería porque no puede ser política pública promover actividades de bajísima productividad y alto esfuerzo personal, compensando los ingresos de estos trabajadores con recursos presupuestarios.

Tampoco sería equitativo ampliar el número de plantas procesadoras de los residuos sin separar, trasladar parte de los cartoneros a ser trabajadores de esas plantas, donde tendrían mayor productividad y mejores ingresos posibles, dejando a su suerte a los demás, evitando cualquier actividad de cartoneo. Pero nos acercaríamos a la senda correcta si en simultáneo se eligieran varias de las formas de agregar valor a los residuos separados y se diera formación técnica al resto de los actuales cartoneros, para que se desempeñen allí.

Sumado a estas dos estrategias, se debería:

. Asegurar que los cartoneros refuncionalizados forman parte de los grupos propietarios y decisores en los emprendimientos, tanto de separación como de agregado de valor, para evitar que el obvio aumento de productividad que se generará beneficie a otros actores.

. Instalar un régimen de premios y castigos a los generadores primarios de residuos – todos nosotros – para que se sumen a procesos de separación en origen, con residuos que se retirarían casa por casa en días diferenciados. Los países escandinavos no tienen una tasa de barrido y limpieza rígida como nuestro país, sino que han sido capaces de flexibilizar el tributo en función del aporte que cada domicilio hace a una mejor separación y recolección.

. Dedicar toda un área del sistema de conocimiento público a perfeccionar las posibles tecnologías de agregado de valor al reciclado, con la mira puesta permanentemente en maximizar el resultado por trabajador ocupado, para conseguir que la retribución de los trabajadores del sector acompañe esa tendencia.

Lo antedicho es solo una parte de las acciones posibles, que podrían ser acompañadas de la generalización de digestores y de plantas de todo tamaño para generar energía eléctrica con la fracción orgánica de los residuos.

Con una idea central a repetir hasta el cansancio: un sistema basado en el aumento sistemático de la productividad y de la distribución de sus frutos, puede y debe dejar atrás a los cartoneros como integrantes del escenario urbano, así como enterrar – valga la imagen – la idea que se puede naturalizar trabajo de muy baja productividad, con una compensación salarial que surja del presupuesto público.

Segundo caso: Los servicios personales vinculados a la alimentación.

La informática ha facilitado la comunicación entre los consumidores y las casas de comida. Del teléfono en el local y la motito barrial, se ha pasado al pedido por mensaje, a la centralización de su recepción y la asignación del transporte hasta el consumidor a un ejército de trabajadores a destajo.

¿Se aumentó la productividad global? Deberíamos admitir que sí, pero la razón básica es que se aumentó el volumen de venta a domicilio, con incorporación como trabajadores de personas que antes de esa actividad muy probablemente estaban desocupadas. Todos ellos pasaron de productividad nula a una productividad muy baja, pero aumentaron.

¿La distribución del mayor valor agregado del sector es adecuada? Sin duda que no. Además de la tarea riesgosa y casi sin derechos laborales de los repartidores, los administradores del sistema informático extraen una proporción del valor a las casas de comida, que en parte afecta los ingresos de éstas y en parte se deriva a los consumidores vía mayor precio. O sea: el nuevo sistema beneficia netamente a uno solo de los componentes.

¿Podría ser diferente?

Claro que sí. Debe poder diseñarse sistema de distribución que agrupen casas de comida de cierta cercanía entre sí, que sean atendidas por cooperativas de reparto adecuadamente equipadas con vehículos especiales, sean motos o automotores, donde se establezca la alícuota de recargo por esa tarea de distribución. El reparto debe ser un servicio independiente y no una tarea subordinada al propietario de una aplicación informática.

De tal modo, la mayor productividad beneficiará en forma directa e inevitable a quienes la originan: las casas de comida y los repartidores.

Los consumidores tienen una responsabilidad indelegable en esta eventual transformación. Deben entender que ningún beneficio personal se puede fundar en un trabajo mal pago o insalubre de otro compatriota y que por lo tanto, deben estimular el fortalecimiento de tales cooperativas.

Cualquiera que haya avanzado hasta aquí en la lectura, puede identificar numerosas situaciones donde la productividad puede aumentar, la distribución de los frutos puede acompañar ese aumento y se pueden imaginar caminos de aumento del trabajo y del bienestar general a partir de ello.

¿Por qué no podemos siquiera imaginar que se está en tránsito hacia los escenarios deseables? Porque nuestras cifras de pobreza, de exclusión, de ansiedad por tener un trabajo, cualquier trabajo, son enormes, están fuera de cualquier posibilidad de análisis sereno y planificado.

Los actores directos – trabajadores desesperados o empresarios abusadores – no pueden ser los tractores de un cambio de orientación, ni siquiera gradual.

El único vector posible es un Estado conciente de la importancia de reemplazar el subsidio por el trabajo de productividad creciente, con distribución adecuada de los frutos.

Quien dice Estado conciente dice un clima político con fuerte introspección; con autocrítica y confianza en que hay soluciones mejores a las intentadas; con tenacidad; con información completa y participación de los dañados por la estructura actual; con redefinición de la función empresarial que acompañe al mundo central.

Categóricamente, no serán los retoques al escenario actual ni la fantasía de compensar desde la caja pública la inequidad social lo que nos cambiará la vida.

Enrique Mario Martínez

31.8.21

 

Comentarios

  • Victor Farini

    Excelente análisis, aunque ambas realidades rompen la vista de cualquiera que preste atención.
    Hay formas concretas de colaborar desde el llano a transitar estos caminos? A disposición.


  • Jorge

    El análisis es de una claridad meridiana que realmente alienta a buscar caminos alternativos posibles.
    Enrique sus análisis, como siempre, despiertan más de motivo para poner pies en polvorosa.


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