La unidad es de concepción o será fracaso

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Hace algunos años que concentro mi atención en los aspectos estructurales de la sociedad o de la economía argentina, considerando marginalmente o hasta anecdótico el flanco político, el que lleva a la acumulación de fuerza electoral y de allí al acceso a las funciones de gobierno.
No cabe duda, sin embargo, que todas las facetas interactúan con fuerza. No es para nada lo mismo procurar mejoras en la equidad social disponiendo de espacios institucionales que hacerlo en el llano y con funcionarios públicos en contra o indiferentes.
El sesgo personal hacia lo estructural ha sido, seguramente, una búsqueda intuitiva de contrapeso a la actitud de la gran mayoría de los interesados en la política, que centran su interés de manera excluyente en los ciclos electorales y en los candidatos – elegidos del modo que sea – como una competencia en que los ganadores tendrán la posibilidad de hacer y ese será el único camino a disposición. No pienso así. El campo popular ha caído reiteradamente en esa trampa, para terminar mimetizando sus convocatorias con las de la derecha e improvisando hasta de manera grosera cuando se accede al gobierno.
Estamos frente a una nueva situación con esas características. La elección presidencial de 2019 se acerca. En ella, un oficialismo presentado aviesamente como una derecha moderna y democrática, muestra día a día que no es ninguna de las dos cosas, que ni siquiera es homogéneo, porque es una simbiosis de sectores que se benefician con el poder financiero y la concentración productiva, con una máquina electoral como el radicalismo, que ha perdido vínculo con su lejana raíz popular. Más allá de la propaganda, los resultados de gobierno alejan toda duda: se benefician los que más tienen y se perjudican todos los demás.
Hay allí un flanco débil electoral que solo podrá ser cubierto con agresiva y persistente manipulación, acompañada por todo esfuerzo imaginable por dividir a la oposición.
La oposición percibe el escenario posible y comienzan los tanteos para la unidad electoral. Es posible. Y con ella es posible acceder al gobierno nacional.
En la democracia delegativa actual se trata de aproximaciones entre personajes notorios – que generosamente llamamos dirigentes – cuyo rumiar y sus decisiones seguimos millones con la ñata contra el vidrio. Así será una vez más. De ese modo simple hasta puede accederse a una nueva oportunidad para enterrar el neoliberalismo. Sería la cuarta, después de tres fracasos desde 1983.
¿Cómo será entonces?
Felipe Solá fue secretario de Agricultura de Carlos Menem y aprobó en tiempo récord el protocolo Monsanto que excluyó a los pequeños chacareros de la agricultura, sin siquiera traducir todos los documentos presentados por el solicitante. Nunca autocriticó esa mirada.
Daniel Arroyo sostiene con pasión y buena voluntad una propuesta liviana de ayudar a los pobres con reducción de IVA a los alimentos; créditos para que huyan de la usura o ingresos mínimos universales. Atenuar la exclusión y el sometimiento, sin siquiera explicitar sus causas.
Guillermo Moreno fue la punta del iceberg de una teoría que sostiene que la justicia social se alcanza sin cambiar las estructuras productivas, a través de encargar a cuadros de funcionarios que controlen a los poderosos. Miles de compañeros comparten este equivocado criterio.
Axel Kicillof y sus compañeros creen en una carrera entre precios y salarios donde los últimos puedan mejorar su poder adquisitivo y de tal modo el derrame inducido administra justicia. La macroeconomía al poder.
Podría seguir largo rato. Nadie explica que la agricultura familiar; la participación popular en la administración de infraestructura; el desarrollo local a ultranza, son cambios estructurales imprescindibles. Nadie explica por qué es imprescindible cambiar la ley de inversiones extranjeras para potenciar la llegada de capital y tecnología, pero impedir el egreso de divisas, nuestro flanco débil por antonomasia. Nadie esboza siquiera cómo se llevará a la clase media argentina hacia inversiones genuinamente nacionales – empezando por su propia casa para millones de verdad – en lugar de inflar los colchones con dólares, lo cual es escupir al cielo.
No son tecnicismos lo que reclamo. Es unidad de concepción. Cómo se avanza hacia un país más justo en 2019 y por qué. Entendido, asumido, difundido, proclamado.
¿O ganaremos el gobierno y le preguntaremos a Techint, los bancos y finalmente Clarín, como se avanza?
Enrique M. Martínez
4.1.18


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