La representación de los humildes

carpani

La sociedad moderna tiene una grieta básica alrededor de la distribución de los frutos del trabajo y la calidad de vida a la cual esa distribución permite acceder.

Para tener alguna posibilidad de eliminar esa grieta y dar así acceso a una vida digna a casi el 40% de la población argentina, hoy sumergido en un tembladeral donde apenas puede pretender seguir respirando, hay que analizar varias cuestiones, que determinan cuales son los espacios de conflicto y quienes son los que tienen protagonismo en ellos.

Por un lado, hay que ganar precisión en la caracterización de las causas de esta profunda inequidad. Sin moverse con razonable seguridad en este plano es muy poco probable que se tenga algún éxito, salvo que el azar ayude.

Por otro lado, en paralelo, es necesario encarar y resolver el problema de la representación social, cuestión tan central como ninguneada y hasta ignorada. Me refiero al hecho habitual en esta sociedad, en que la comunicación de masas es administrada por un puñado de organizaciones y personas, en nombre de millones.

Se ha analizado con algún detalle – y nunca será suficiente – cómo los beneficiarios de la concentración económica han perfeccionado la manipulación de la subjetividad ciudadana, consiguiendo con gran frecuencia que millones de ciudadanos se convenzan de recorrer caminos que objetivamente los perjudican.

Menos se ha estudiado el entramado de vinculaciones entre los sectores más débiles de la sociedad y quienes reclaman públicamente contra la injusticia y que, por lo tanto, están de un modo u otro, de manera explícita o implícita, representándolos. Varias preguntas necesitan respuesta convincente.

¿Cuánto conocemos los voceros de los humildes sus condiciones de vida y sus expectativas personales o comunitarias?

¿En qué grado somos capaces de ser coherentes en nuestra conducta, subordinando los resultados personales de nuestro desempeño a los logros comunitarios que se consigan? En otras palabras, ¿qué tan vacunados estamos respecto del virus que provoca que dirigentes o voceros políticos pongan su futuro por delante del de aquellos a los que representan?

En el límite, sin llegar siquiera a dudar de la buena voluntad de quienes tenemos más visibilidad y nos asignamos la tarea de bregar por los humildes, ¿cómo estar seguros que nuestro reclamo será útil para ellos?

Esas preguntas nunca tendrán contestación satisfactoria si se continúa y profundiza la delegación de representación que viene desde el fondo de nuestra historia.

Los beneficiarios del capitalismo global no tienen mayor problema. Los reflejos de un gobernante neoliberal son los suyos y no necesitan mayores discursos para ser representados.

Los sectores medios tienen más heterogeneidad, pero allí se libra una compleja batalla de la manipulación ejercida por los poderes más concentrados versus la autonomía de la subjetividad, en que tal vez la característica central sea la reivindicación expresa de la independencia por parte de los ciudadanos, aún cuando la práctica muchas veces la desmienta.

Los excluidos del sistema capitalista, los más débiles para defender sus derechos, los que alguna vez el peronismo englobó en el concepto de los “humildes”, son los que tienen el mayor problema de representación, porque:

  1. Por un lado no cabe duda que deben pelear por lo más elemental, que es ser visibles para la sociedad de los incluidos y en esa búsqueda necesitan compañía de compatriotas a los que el sistema no pueda evitar considerar como interlocutores, ni pueda encuadrarlos rápidamente en un espacio de demandantes de asistencia para la más elemental subsistencia.
  2. A diferencia de los otros sectores, la adhesión a la causa de los humildes es por lo tanto de carácter ideológico para muchos, antes que reflejo de un reclamo personal por la calidad de vida que se dispone. La coherencia de esa adhesión se ve sometida a la especial tensión entre afirmar las causas de los que menos tienen y ceder a los cantos de sirena del sistema, pero además – como se señaló – está expuesta al riesgo de cometer errores, que pueden ser graves, producto de una mala caracterización de la subjetividad de aquellos a quienes se adhiere y/o de las condiciones materiales del ámbito.   

Esta cuestión, verdadero drama en tiempos de exclusión, tiene un camino único de solución: El aumento sustancial del protagonismo político de los humildes en la vida nacional. Así, como Juan Perón sumó al sindicalismo a la política institucional activa, es la hora – por mucho tiempo – de escuchar la voz de los más necesitados. La presencia de los sindicalistas – antes y ahora – representaba la administración del conflicto capital – trabajo. La futura presencia en ámbitos de gobierno, de exponentes del 40% de la población argentina, que ha quedado en buena medida a su suerte, seguramente exhibirá el conflicto entre los humildes y el resto de la sociedad argentina, que debe ser resuelto si es que hemos de tener un país valorable.

Una ayuda significativa para lograr eso debe provenir de la participación más comprometida de quienes escriben o leen documentos como éste, en suficientes momentos de la vida cotidiana de los sectores más humildes y de reflexiones compartidas con ellos, como para poder contar con una mínima seguridad que se tiene en consideración las condiciones objetivas y subjetivas de la vida de los compañeros, sus necesidades materiales, pero también sus aspiraciones y sus deseos, identificando especialmente la influencia de la manipulación del capitalismo concentrado sobre la vida de todos nosotros. Los compatriotas con menor calidad de vida, no pueden quedar como rehenes del asistencialismo, de los punteros del poder o de su propia debilidad, que hace muchas veces correr a sus dirigentes detrás de fantasmas portadores de la defraudación masiva.

De todos nosotros depende.

Enrique Mario Martínez

5.10.17

 


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