La libertad

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Si hay un valor social controvertido, distorsionado, interpretado de maneras múltiples, ese es la libertad.
El capitalismo ha puesto el mundo en manos de unos pocos que deciden la suerte del resto. También ha convencido a muchos que su mejor opción es poner su futuro a disposición de alguno de aquellos poderosos, a cambio de eliminar las incertidumbres económicas que el sistema crea, las que aumentan en progresión geométrica.
Es decir: canjear la libertad por seguridad económica personal y familiar.
Este canje es un hecho objetivo, que busca ser apuntalado por la subjetividad de quien lo realiza. Para evitar caer en conflictos psicológicos que pueden ser agudos, cada uno debe tratar de estar convencido que su decisión es la correcta. Hay varias maneras de construir eso. Desde atribuir al capitalista virtudes superiores a las propias para organizar un sistema productivo, hasta el límite extremo de comprar a libro cerrado todo el marco ideológico implícito y explícito, que postula una gama de capacidades diferenciadas en la sociedad, que otorgaría derechos superiores para los más dotados.
En definitiva, hay ciudadanos sumisos, otros resignados, otros a la eterna defensiva, otros prendidos a la cola del avión ganador. No hay ciudadanos a los que calificar estrictamente de libres, en el universo económico. Salvo que señalemos a los que son libres de extraer valor del trabajo de los demás o de especular en las finanzas para hacer dinero del dinero. Son libres de hacer eso y además están habilitados para bloquear la libertad de otros y así consiguen quedarse con el esfuerzo del trabajo de ellos.
En realidad, los reclamos y presiones por libertad económica que estamos acostumbrados a escuchar y ver, se vinculan a defender situaciones de privilegio previamente asumidas. El que ocupa una posición monopólica u oligopólica es quien más fuerte reclama tener la libertad de seguir ocupándola.
No hay margen para seguir bastardeando los conceptos. Debemos hablar de la libertad en otros términos, que sirvan a todos los compatriotas para construir marcos de vida plena.
En el ámbito económico – que de él nos estamos ocupando – asegurar la libertad significa que todo aquel que desee trabajar debe tener garantizado acceso a la tierra, si forma parte de sus factores de producción; a capital, en bancos que atiendan sus requerimientos como un servicio y no como un negocio; a tecnología, a contar con un sistema que lo ayude a saber cómo producir; a los consumidores del bien o servicio que produzca, que puedan decidir sin condicionamientos si aquello que se le ofrece atiende sus necesidades.
Ese derecho básico, tiene como contraparte imprescindible, que nadie pueda bloquear o deteriorar la libertad de otro que quiera producir. El destino de éste debe quedar determinado solo por su capacidad de atender necesidades comunitarias, reflejada en la aceptación de consumidores o usuarios.
A un escenario de estas características lo llamo DEMOCRACIA ECONÓMICA y cualquier que en su lectura haya llegado hasta aquí entenderá que casi ninguno de los rasgos descriptos, componentes de esa democracia, están presentes en la sociedad moderna.
Pelear por la democracia económica, en consecuencia, es pelear por la libertad de todos los seres humanos, en un sentido profundo. Algunos podrán optar por seguir negociando su libertad para contar con seguridad laboral; algunos seguirán creyendo en el relato de la meritocracia inventado por el neoliberalismo. Pero es esencial para un futuro con justicia social que muchos podamos optar por la libertad como queda definida en el marco arriba señalado.
Recuperemos el sentido de las palabras esenciales para el campo popular. No quiero ser soberbio señalando que por allí se empieza. No me queda duda, sin embargo, que si esa lucha se pierde, el capitalismo sigue apretando nuestro cuello, haciendo cada día más difícil construir una sonrisa que dure hasta el día siguiente.

Enrique Mario Martínez

24.5.18


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