El dólar y la inflación en alimentos

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Tal vez debamos concluir que este gobierno adhiere a la eliminación de controles de cualquier tipo sobre la producción como una forma de poder dedicarse tiempo completo al casino financiero.

De tal manera, los habitantes del país productor de alimentos que está en condiciones de estar presente en todas las góndolas del mundo, como dicen ellos, y es verdad, aunque por caminos distintos de los que ellos imaginan, comemos más caro cuando el dólar se devalúa; tenemos que entender si la naranja que nos ofrecen es israelí, colombiana o correntina; lo mismo con manzanas, cerdo, frutillas y decenas de cosas más, a riesgo de afectar con nuestras decisiones de compra a compatriotas que pueden perder su trabajo.

En particular, en algunas industrias tradicionales, cuya materia prima se puede elaborar para el mercado interno o para la exportación, como el trigo, el girasol, la carne vacuna, la leche, los pollos, se generan tensiones por dos razones. Además de aquellas debidas a la paridad del dólar, se corre con frecuencia el riesgo que se exporte tanto que aquello destinado al mercado interno sea insuficiente y esa sea una razón adicional para aumentar el precio.

Cambiemos desdeña estos conflictos. La ruleta financiera lleva a devaluar y chau. El efecto sobre los alimentos es su suba generalizada, acompañada de una mejor posibilidad de los productores nacionales de competir con los productos importados. Para algunos exportadores, mejora su posibilidad de vender afuera, como la leche en polvo o los pollos, estos últimos apoyados en una muy modesta retención al maíz. Por supuesto, en estos últimos casos hay una razón adicional para que los consumidores locales nos embromemos.

En el período 2003 a 2015 las prioridades fueron distintas. Se pretendió evitar que la paridad cambiaria o los precios internacionales afectara nuestros precios internos. Básicamente se recurrió a dos instrumentos: las conocidas retenciones a la exportación y para algunos productos, como la harina o los lácteos, las cuotas de exportación o lisa y llanamente la suspensión de venta al exterior por períodos acotados.

Parece la alternativa obligada a la mentada libertad de mercados.

Sin embargo, tuvo efectos secundarios que no son auspiciosos. Al suspender las exportaciones de harina o de derivados lácteos, se produjo una concentración de la oferta que es negativa. Personalmente he tenido reuniones con productores pequeños y medianos de fideos que fueron desplazados de las góndolas de los grandes supermercados, porque al no poder exportar los molinos harineros grandes, éstos forzaron la presencia en el mercado interno de su producción propia de fideos, con una guerra de precios que desplazó a los más pequeños.

O hasta ridículo. Me crucé con una empresa pequeña de productos lácteos que trabajó varios años del período kirchnerista conformando un consorcio de pymes exportadoras de dulce de leche, promovido por el gobierno, para encontrarse hacia el final de la gestión con que no solo tenía obstáculos para exportar, sino que además las empresas queseras de otras provincias colocaban producto en su propio pueblo a precios de remate, empujadas por el mismo efecto de desplazamiento de las más grandes.

El efecto global fue el freno de precios al consumidor, pero un efecto secundario grave fue la concentración del sector. En el siguiente ciclo liberal, esto fue causa de mayor deterioro de las empresas pequeñas y se podría analizar cuantas pyme cerraron por el efecto combinado de las dos políticas.

Todo esto deja una enseñanza inequívoca, que confirma la tesis que exponemos en Ocupémonos, que se puede bajar del siguiente vínculo:

http://www.laredpopular.org.ar/como-conseguir-ocupemonos , donde se señala las limitaciones de la búsqueda de justicia social sin cambiar al menos parte de las estructuras productivas.

Para confrontar con la absurda tesis de quienes nunca produjeron nada y no creen siquiera en la soberanía alimentaria y por otra parte, para evitar generar subproductos negativos en las políticas populares, es necesario incorporar actores al escenario y ser más finos, más sutiles en las acciones de gobierno.

Los actores, en este caso, no son otros que los productores familiares, cooperativos, industrias pequeñas y medianas de alimentos, que han sido arrinconadas a la subsistencia y hoy se pretende hasta eliminar masivamente.

Las acciones son diversas.

Para los derivados de harina hay que dar preponderancia a las cooperativas de panadería, que a su vez se vinculen a los molinos cooperativos que aún subsisten, eliminando así progresivamente la especulación en esta cadena, que multiplica el precio del pan hasta llevarlo a 4 y 5 veces el valor de la harina.

Para la industria lechera y avícola, hay que recuperar las unidades de abastecimiento local, promoviendo fuertes sanciones para el dumping interno, con el cual el puñado de empresas que controlan los mercados de las grandes ciudades, evitan la aparición de nuevos actores. En el caso avícola, es posible diseñar una política de crédito e impositiva para que haya empresas pequeñas de atención del mercado interno y empresas grandes aplicadas a la exportación, impidiendo que estas últimas organicen un cártel de control de la demanda nacional.

Es largo y hasta aburrido describir lo que se puede y debe hacer con las verduras, las frutas, la carne vacuna o porcina, toda la gama de productos regionales. La solución no es macroeconómica. Es cierto que muchos de los actores a apoyar nunca vieron un dólar. La lógica va por otro lado.

Se trata de construir las cadenas de vinculación directa entre productores regionales y sus consumidores, sin intermediarios financieros. Porque de algo no cabe duda: la hegemonía financiera ha contaminado toda la economía real y en cada esquina se encuentra alguien que quiere tener un beneficio por el mero poder del dinero, sin agregar valor verdadero a un producto. Basta preguntar a una cooperativa cebollera de Santiago del Estero o a un productor de acelga de la periferia de La Plata donde está quien más los daña. Hay que sacarse de encima toda esa gente.

Los gobiernos provinciales o municipales, como parte importante para evitar que este infierno presente se prolongue, tienen la oportunidad de aplicar estos criterios y construir los puentes entre productores reales y consumidores. ¿Qué están esperando?

Enrique M. Martínez

Instituto para la Producción Popular

7.9.18


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