Definamos la producción popular

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Los conservadores nos llevan una clara ventaja a la hora de promover valores que se instalen en la conciencia colectiva: hablan de cosas simples, que apelan al sentido común, aun cuando detrás de ese lenguaje haya sofismas y falsedades de todo tamaño y color.

Cuando se encara una tarea transformadora, lleva un tiempo uniformar conceptos y por lo tanto uniformar lenguajes.

Con la producción popular pasa eso. Pero debemos superar las confusiones.

La hemos asociado a trabajo de los humildes, término que para los de origen peronista es sinónimo de postergados. Es cierto, pero es parcial, además que las actuales capas medias también están involucradas.

La hemos vinculado a trabajo que antes que concentrarse en el lucro, busca atender necesidades de la comunidad. También es una mirada con componentes correctos pero incompleta.

Más preciso y potente nos parece el siguiente encuadre.

Contorno

El capitalismo considera al trabajo una mercancía, por la que los capitalistas buscan pagar lo menos posible y que los trabajadores buscan vender al mejor precio que surja de la confrontación.

Esa puja pasa por diversos estadios, con creciente hegemonía de parte de los capitalistas en el plano puramente económico, que puede verse contrarrestada – en términos defensivos – si a través de los mecanismos de la democracia, acceden al poder institucional quienes buscan ayudar a los trabajadores.

Como la cuestión básica no se modifica – el trabajo como mercancía – se produce a través de los años movimientos pendulares, ya que quienes disponen del poder económico – cada vez más concentrado – acceden al poder institucional, sea detrás de golpes militares; por traición de dirigentes políticos que se disfrazan de populares; o más recientemente, a través de gigantescos medios de manipulación, que logran que una fracción de la población vote objetivamente en contra de sus propios intereses.

Con los gobiernos a favor o con los gobiernos en contra, el conflicto capital-trabajo aparece en la sociedad como la discusión del precio de venta a los capitalistas de la mercancía trabajo, con los trabajadores y la dirigencia política resignada a ese escenario.

La producción popular

Sin embargo, lo anterior describe solo una parte de la realidad productiva y laboral, que hasta puede ser cuantitativamente minoritaria en términos de población aplicada.

En efecto, hay millones de compatriotas que son libres – por propia elección – de decidir en qué se ocupan y cómo organizan su trabajo o podrían serlo, reorientando su trabajo actual, que no es en relación de dependencia de un empleador.

Esos millones, sin embargo, sufren al capitalismo concentrado y muchos de ellos muy agudamente. Pero no porque cobran bajos salarios de un empleador. Es porque el sistema impide que se apropien del valor agregado por su trabajo, impide que se vinculen en forma directa con los consumidores que buscan atender o con las necesidades comunitarias que quieren satisfacer y deben vender su producto o servicio a intermediarios, en términos muy perjudiciales.

Complementariamente, la pérdida de recursos que esa situación genera, les aleja de la posibilidad de sumar tecnología a su trabajo y de ser sujetos de crédito para un aparato bancario que no los considera interlocutores. No están tampoco en condiciones de generar, potenciar o capitalizar tecnologías no tradicionales, algunas de las cuales provienen de prácticas ancestrales demostradas eficientes.

Esa es la producción popular.

Productor popular es aquel trabajador o grupo de trabajadores libre de organizar su trabajo, sin depender en forma directa de un empleador, pero a quienes el capitalismo le bloquea el acceso a la comercialización digna; a la tierra cuando la necesitan, sea factor de producción o lugar para vivir; a la financiación en condiciones ventajosas y a recibir transferencia de tecnología. A esa situación la calificamos como ausencia de una democracia económica. La consecuencia habitual de tales escenarios es que se trabaja sin conseguir condiciones dignas de vida y no hay siquiera un empleador con quien discutir la posibilidad de mejorar.

Es clara aquí la diferencia con un trabajador en relación de dependencia, trabaje en blanco o no. En este último caso, el capitalista decide qué y cómo hacerlo. En la producción popular, los productores lo hacen, pero la gran mayoría de ellos se enfrentan luego a dificultades diversas – algunas enormes – que derivan de un sistema económico donde se privilegia el lucro y no el interés de quien trabaja o las necesidades de la comunidad.

La producción de alimentos o de indumentaria son casos bien conocidos, donde la definición de producción popular se interpreta con rapidez y también es inmediato entender cómo opera la ausencia de democracia económica, a través de las restricciones de los hipermercados o de los paseos de compra, además de varias otras. Cuestiones ambientales, donde han incursionado cooperativas de recuperadores de residuos reciclables también tienen cierta visibilidad, junto con los intereses de grandes grupos monopolizadores de los residuos.

Hay más, mucho más, sin embargo. Una cantidad de servicios públicos son brindados por empresas con fines de lucro en términos monopólicos, cuando podrían estar dentro del ámbito de la producción popular, como la energía eléctrica a partir del sol o el viento, que puede ser responsabilidad de grupos comunitarios o hasta de individuos que vuelcan su producción a una red común de distribución.

La educación, la salud, el turismo y muchas actividades de alcance comunitario directo pueden organizarse de otro modo, si el concepto de producción popular arriba enunciado se hiciera visible y recibiera el respaldo institucional adecuado, para protegerlo al principio y potenciarlo después.

En última instancia, se trata de dejar atrás la resignación a vender la fuerza de trabajo al mejor precio posible, para construir ámbitos de trabajo libremente organizado, a los que acompañe una legislación – por la que hay que pelear – para que nadie los bloquee o perjudique, porque se admite que esos ámbitos representan formas de calidad superior a las que el capitalismo nos ha brindado como saldo de 300 años. Tal cuerpo de normas debería construir un nuevo imaginario colectivo de producción y en tal carácter su cumplimiento efectivo debe ser expresamente garantizado por el Estado.

Como idea de cierre: La democracia económica no está definida ni por lo tanto aplicada en el mundo capitalista. Hacerlo implica construir un escenario de acción colectiva detrás de valores nuevos y objetivos superiores al lucro, en el que los ciudadanos libres puedan diseñar su vida con mayor calidad. Si quieren. Si no, seguirán como hoy.

28.6.2016